Programa 26. Hielo

Estándar

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Es hielo abrasador. Francisco de Quevedo


Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
¿Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo.

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vídeo resumen Locos

Rafel Calle con Cristina Moscoso, Luis Oroz, Darío Senda, Marcela Ballester, César Ribba y Xisco Fuster, y Pepe, Y Marcelo Fontlivi con Improvisanta, todos juntos en los Locos de la Luna de agosto, oliendo hielo.

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El abominable “hombre de las nieves”. Luis Oroz

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Atrapado en la nieve…  

no existen las pisadas, ni el invierno,

y  tampoco este humo que se eleva conmigo

hasta el pico más alto

donde jamás he estado.

 .

   Pero a veces sucede y es posible

alimentar al animal dormido,

extender la memoria y ofrecerle una fruta,

ayudarle a seguir

siendo distinto,

con la piel erizada

igual que siempre.

 .

  Percibir ese frío que se da al existir

en el lado irreal

de la existencia.

 .

    Es posible también sentir su aliento,

desmontar su fiereza,

descubrir su cansancio

y constatar

que no es precisamente sangre lo que brota

de la hemorragia de sus tres heridas.

 .

   Porque la vida asciende como la voz de un loco,

y tira, sin saberlo, de tus cuerdas.

 .

  Podemos transformar la percepción

de todo aquello que nos hace débiles,

y dejar que la ausencia nos convierta en salvajes,

o en la huella posible de lo que nunca fue;

como un cabello blanco entre las páginas,

como una bestia enorme-mente triste,

como el olor a leña que desprenden las manos

mientras enciendes la palabra nieve.

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Hielo. Darío Senda

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A Ángela María Boudica

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No esperé nunca quererte,

y de ti me enamoré.

o

La noche desmaya el día,

su Luna quiere encender.

Mil flores duermen la tierra,

la tierra sueña otra vez.

El mar acaricia un puerto,

yo tu estremecida piel.

.

Deseé jamás perderte,

y en duelo te abandoné.

.

Llora desiertos la fuente,

nadie saciará mi sed.

El viejo almendro desprende

tristes hojas de papel.

Vuelan por el negro cielo,

caen muertas a tus pies.

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Interior. Darío Senda

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Ya no es amor lo que siento,

ni tan siquiera cariño.

Solamente indiferencia

y un palpitar intranquilo.

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Ya no colecciono sueños

con la inocencia de un niño.

Ahora evito su magia.

No dejarte es un suplicio.

.

Ya no me importa el pasado,

ni su final, ni su inicio.

Solamente la luz tenue

y aquello por lo que escribo.

.

Ya no pienso a todas horas

con amargura y delirio.

Ahora me necesito.

No tenerte es un alivio.

.

.

Marcela Ballester

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el hielo

como en Macondo el hielo

y yo ahí esperando

el hielo se desangra y es mi alma

de tanto ardor

.

las calles gotean como lluvia

pero no llueve

es el hielo

se deshace lentamente en mi cuerpo

mientras todos los soles desaparecen

y es de noche

y es de día

y las sábanas se agitan como mariposas

o solo son crisálidas

en el frío?

.

es el hielo

como en Macondo

envuelto para regalo

y yo te espero

tiritando de fuego

mientras no dejan de caer estrellas

pero están tan lejos

que cuando me tocan las manos

son solo hielo azul fosforecente

.

(lo acabo de escribir escuchando el tango Oblivión, de Piazzola)

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Hielo y fuego. Fernando García

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A ver como rompemos el hielo. Hoy tenemos hielo y fuego. La mujer fría es aquella que te calibra para saber cuanto abulta tu cartera, y la mujer fogosa, bueno, ya os imaginaréis el bulto que calibra.

Los extremos no son buenos. Tuve una novia que no es que fuera fría, es que era un témpano con tacones. Hablaba más bien poco, mis amigos la llamaban la muñeca hinchable, porque no es que no abriera la boca, es que la tenía constantemente abierta con un gesto vacío, una cosa así (…). Soy un caballero y no os diré que en la cama se mostraba igualmente poco colaboradora.

Conocí a otra chica, era una mujer que le daba sentido a la expresión “furor uterino”. Madre de dios, que capacidad, era una mezcla de tragasables y conejito de duracel. Pero el problema es que era yo el que le tenía que meter la pila al conejito. Y vale, yo soy un atleta sexual, eso os lo reconozco en esta tenue intimidad. Pero yo compito en la categoría de los paraolímpicos, o sea, que mi pila más que de duracel es de esas que venden en los chinos. Ella era olímpica de verdad, y la cuestión es que ella llevaba la antorcha olímpica entre sus ingles a la brasileña. Allí es donde empezaron mis tribulaciones con el dóping. Si lo recordáis, el lema olímpico es “citius, altius, fortius”, pero ella añadió una categoría más: “erectus”. La naturaleza ha sido generosa conmigo, eso basta con solo verme, pero a pesar de ello y de los duros entrenamientos, hubo un momento en el que me fallaban las fuerzas. No es fácil pasarse todo el día haciendo el salto de pértiga, hay un momento en el que la pértiga pierde su rigidez, y os aseguro que eso es doloroso. En el mercado negro del dopaje, me dijeron que había unas pastillas azules que daban buen resultado. Y allí que fui. Lo que me sucedió me lo explicó el médico más tarde con una sonrisilla mordaz “hiperdosificación a nivel local del miembro viril”. Lo que traducido, significa que tenía una hinchazón que me tuvo dos días boca arriba en constante vigilancia de la tienda de campaña que se había erguido sobre mi vientre. Eso sin contar que me tuvieron que someter a diálisis ante la imposibilidad de orinar como es debido.

Con esta moralina en plan Barrio Sésamo espero que hayáis comprendido la diferencia entre el frío y el calor. El frío nos deja fríos, pero con el calor te metes en materia, te vas calentando y mira, acaba saliendo todo lo que uno lleva dentro.

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Rafel Calle con Cristina Moscoso

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A Carmen Iglesia, amiga y poeta

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Castigada de espaldas a la noche

finjo que no me importa

si nadie vuelve a andar por mi cintura

o a curarme el otoño mientras duermo.

Si ni siquiera yo me toco,

si no busco los trozos que me faltan,

si mutilo la herida,

cómo esperar que nadie me limpie con su lengua.

He dejado de ser una mujer desnuda,

un desgarro de luz.

Ahora que no muestro un pecho cálido

sino esta cicatriz que desfigura al mundo

y me arropa la piel con su crueldad,

ahora, sólo sirvo de pasado,

de vientre roto,

de sed en la estadística del miedo.

(“Intentos”, poema de Carmen Iglesia.

http://ciudadescomoislas2.blogspot.com/)

Él.

Buenos días y sobre todo días buenos.

¿Anda usted de puntillas, o es que el sol se siente insatisfecho?

Ella.

Ni lo uno, ni lo otro. Hoy es vago; me toca temblar mientras camino.

¿El sol? ¿Adónde me dirijo? No lo sé, bienhallado señor, elija usted, origen disperso

en muchos pasos, o muchos pasos dispersos en origen…

Él.

Ay, señora, las cosas que usted columpia me trajinan los recuerdos.

Pero, dígame, ¿es una herida en el pie? ¿Es un vuelco a la razón?

¿Qué tiene usted que levita y no hablo del andar, sino de todo un concierto?

Estoy pensando en la sonrisa eterna,

en las manos que atusan el invierno,

en la banalidad de los errores, cintura guerrera, precisa, graciosa,

talle de los aciertos;

estoy pensando en un poder de sanación labial.

En el origen de un beso encontramos el remedio.

Ella.

Yo sé que la sonrisa andará mi cintura

cuando sienta el origen en la rosa del seno,

la palabra que tiembla sobre el labio,

la iniciación del tuétano;

orígenes los ojos porque miran y miran

y miran más allá de un pezón al descubierto.

Él.

Es bueno convertir el origen en osadía,

osada usted que busca el amor en un ciego.

¿O es que el amor no tiene ojos?

Quizá el amor tan solo tenga celo.

Celo para sentir. Sentir, sentir, sentir. Orígenes.

Tan solo sentimiento.

Ella.

¿Existe un amor así?

Este origen no sería un mal arreglo.

Por un cariño así, habríamos de dar la casa, el dinero, los cacharros,

las muletas de los miedos.

Toda la presunción valiente;

todo relajación del tiempo.

Los dos solamente y la gracia en las mejillas.

Solos los dos en el suelo.

La historia de las heridas, cicatrices inviolables,

y todo que hubiese huido en un magnetismo enérgico.

Él.

Insisto en andar por la sanación al magnetismo dual,

del amor al besar de los intrépidos.

Ella.

Hablas de besos, besar cuando la hembra sabe a cloroformo y sabe

del bisturí más hambriento,

labio sin compasión, beso mordido, lengua que apresura las fauces

en el otoño mimoso de los andares eternos.

Él.

Nada que decir salvo medrar

en el amor por derecho.

Hablemos de la impotencia, de las formas de vivir

en los jardines letárgicos de los grandiosos paseos.

Qué siente la rosa negra, qué fue de la rosa blanca,

qué de las virtudes inquietas en los pétalos que cantan.

Ella.

Siento que puedo sentir jardín y calle cortados, cantares sin rosaledas,

cantar de barrio en Madrid. Por el paso llega el luto

al compás de una saeta.

El color de las flores es de piedra, piedra sobre el cuerpo tibio,

bajo el cuerpo solo piedra.

Siento la piedra escondida, bajo la piel una piedra.

Él.

Sientes los minerales como la miel las abejas,

tajos de metal que hierve, hierro dulce,

cuchillada en las aceras.

Olvida. Olvida el tajo del frío que corta por la entereza.

Ella.

De acuerdo. No sucedió. Ha sido un mal sueño. Soñé que mis zapatos eran tuertos,

temblorosos, que mis pasos asían el vacío, que mi mente anudaba los cordones del valor

imposible, anestesiado ya, detenido.

Quise olvidar paisajes que jamás me sucedieron al recordar imágenes en vilo;

quise memorizar excursiones del encanto y lo hice sin fe, sin poderío.

Soñé que la palabra enmudecía, sueño atroz, entre letras sin norma que gritaban

muertas de miedo al hallar un desliz en los renglones.

Desperté cuando ya se acomodaban los ojos, en una cicatriz de posturas carcelarias,

más allá, mucho más, del rigor con que lloraban.

Él.

Mi nueva amiga, habrás de proponerle condiciones al destino que escinde las pisadas,

pesadilla de guadaña que corta de cuajo las implicaciones.

Habrás de resumirle las pasiones en los gnomos que luchan con las mañas

del origen que abrigan tus pestañas: Dos almendras bellísimas

y un corazón de grandes proporciones.

En tu mundo novel, amiga mía, habrás de ser un paso encantador,

avenidas de misterio y arabescos.

Humanidad, mujer donde solía un vientre de Chefchauen soñador,

como en las mil y una noches de cachimba y seda azul, almohadones,

y los detalles de las huellas esculpidas en Marruecos.

Ella.

Ay, mi nuevo amigo, cuanto ayer se llamaba valentía

hoy atiende por falta de andadura.

Ahora pienso en caminar un mundo mágico, sobre aroma de madera humedecida,

un paseo de alpargata agradecida, sin pensar que vivir es algo trágico.

Primero fui un cisne, por el cuello me engañó el ave adolescente, luego fui un volar inconformista,

y entretanto soñé en travesías que tratan lo importante de una vida.

Lo que sigue es muy largo de contar, y duro porque falla mi memoria, oficio cirujano

apurando la historia, afanándose en cortar mis argumentos que relatan vivir

del brazo que acompaña un buen paseo.

Ella y él.

Orígenes son una cerveza en la rambla, chocolate y un concierto, un libro como muleta

y el hombro que quiere ayudar por pasearse en un cuento.

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La mujer de la luz blanca. Xisco Fuster

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La mujer del moño negro se detiene frente a la Luna blanca

en la callejuela antigua; ha salido a por una caja con más plata

para hacer brillar a los sedientos.

La mujer del moño negro con la camisa blanca

se agacha para depositar a sus pies la plata,

levanta sus ojos

y se abstrae en la luz blanca del cielo negro.

 ,

La mujer risueña resueña

el último crepúsculo con su amante.

 ,

El barman la observa extrañado a través de la ventana

y la camarera rubia de la terraza observa el pasmo del barman,

que no se sabe qué está mirando.

El caminante que pasa por delante del bar observa a la camarera rubia

que mira al barman que mira algo,

no se sabe qué,

y todas las miradas van montadas en la sombra extraña

de la mujer del moño negro y la camisa alba

que bebe la Luna por los ojos

y se ha convertido en ella,

una sombra blanca

que despide luz que siembra calma

en los ojos del barman y la camarera rubia y el caminante

que pasaba por ahí mirando el suelo.

 ,

.

.

Addenda

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Roberto Bolaño

Putas asesinas

Las mujeres son putas asesinas, Max, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida.

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Antonio Muñoz Molina

Beltenebros

Pero yo no sabía que lo que brillaba como un fuego helado en los ojos de ella era la claridad de la locura. Cumplí mi parte de crueldad y destrucción y merecí la vergüenza. Los efectos del amor o de la ternura son fugaces, pero los del error, los de un solo error, no se acaban nunca, como una carnívora enfermedad sin remedio. He leído que en las regiones boreales, cuando llega el invierno, la congelación de la superficie de los lagos ocurre a veces de una manera súbita, por un golpe de azar que cristaliza el frío, una piedra arrojada al agua, el coletazo de un pez que salta fuera de ella y al caer un segundo más tarde ya es atrapado en la lisura del hielo. Así se solidificó el tiempo cuando vi que Valdivia abrazaba a Rebeca Osorio, y que ella agitaba contra él sus caderas, como queriendo derribarlo o herirlo.

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Michael Ondaatje

El paciente inglés

Amor mío te sigo esperando. Cuánto dura un día en la oscuridad… ¿Una semana? El fuego se ha apagado y empiezo a sentir un frío espantoso. Debería arrastrarme al exterior pero entonces me abrasaría el sol. Temo malgastar la luz mirando las pinturas y escribiendo estas palabras. Morimos, morimos, morimos ricos en amantes y tribus y sabores que degustamos en cuerpos en que nos sumergimos como si nadáramos en un río. Miedos en los que nos escondimos como esta triste gruta. Quiero todas esas marcas en mi cuerpo. Nosotros somos los países auténticos, no las fronteras marcadas en los mapas con los nombres de hombres poderosos. Sé que vendrás y me llevarás al palacio de los vientos. Solo eso he deseado, recorrer un lugar como ese contigo. Con nuestros amigos, una tierra sin mapas. La lámpara se ha apagado y estoy escribiendo a oscuras.

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Mario Benedetti

Corazón coraza

Porque te tengo y no

porque te pienso

porque la noche está de ojos abiertos

porque la noche pasa y digo amor

porque has venido a recoger tu imagen

y eres mejor que todas tus imágenes

porque eres linda desde el pie hasta el alma

porque eres buena desde el alma a mí

porque te escondes dulce en el orgullo

pequeña y dulce

corazón coraza

porque eres mía

porque no eres mía

porque te miro y muero

y peor que muero

si no te miro amor

si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera

pero existes mejor donde te quiero

porque tu boca es sangre

y tienes frío

tengo que amarte amor

tengo que amarte

aunque esta herida duela como dos

aunque te busque y no te encuentre

y aunque

la noche pase y yo te tenga

y no.

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Andrés Eloy Blanco

¿Cuántas estrellas tiene el cielo?

La última noche que pasamos juntos,

lo preguntó:

– ¿Cuántas estrellas tiene el cielo?

– Trescientas cincuenta mil.

– ¿A que no?

– ¿A que sí?

– Cállate. Esta noche

no quiero que preguntes esas cosas.

Esta noche, si quieres preguntar

cuántas estrellas tiene el cielo,

o cualquier otra cosa,

pregunta algo así como ¿me quieres?

¿tienes frío? ¿quién dice que tiene hambre?

Esta noche, pregunta algo que sea

contestado en el mundo sin palabras.

Interroga con toda tu sangre

algo en que toda la vida del mundo

esté preguntando,

algo así como ¿quién llora?

¿hace falta algo?

Y verás como todo hace falta

y sabrás cuántas estrellas tiene el cielo

cuando sepas que el cielo tiene una sola estrella

para cada momento,

porque con una que se pierda

dará un paso de sombra la luz del Universo.

.

Una vez más, los Locos son noticia en la tele.

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