Programa 9. ¿Por qué escribo?

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Un programa 9 que es el décimo, si contamos el programa 0. Desde entonces hemos evolucionado hacia un producto de calidad sin la ayuda de agentes externos que, antes de solidarizarse con la causa poética y literaria, se emponzoñaron con el veneno de la repulsa…

 

Hoy tendremos a Eduardo Eduaina, Miguel Salich, Marcelo “Font Livi”, Carlos Herrera, Fernando García, César Ribba y Mónica.

 

Desgraciadamente, el mes de noviembre no nos veremos, pues Xisco Fuster se marcha a Tanzania en una expedición literaria y periodística. Por supuesto, en el próximo Locos de la Luna, que será el 16 de diciembre, hablaremos de los viajes y de los puentes. Puentes que unen o que separan, puentes bonitos todos, si atendemos a Marilyn Monroe, quien asegura no haber visto nunca un puente feo. Aquel que a ella le habría gustado cruzar, el de la frivolidad a un mundo más cercano a la belleza, no lo encontró nunca.

 

Jerry Lewis, The typewriter

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Empezamos con la bromita de Lewis y la música del compositor estadounidense Leroy Anderson.

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Rubén Darío dijo, antes de morir, que todo ser humano debe plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Todos escribimos, pero hoy hablaremos de los profesionales, de los que viven de las palabras que escriben.

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Factotum, de Bukowsky

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Rubén Darío y Bukowsky pensaban de diferente manera, pero ambos escribían. No un libro, sino uno detrás de otro.

 

 

.Pincha en la foto para ver un fragmento de Factotum con la breve narración de un látigo de Bukowsly.

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El decálogo de Augusto Monterroso

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Estamos en una librería donde se dan cursos de escritura literaria. ¿Para qué si ya tenemos un montón de decálogos sobre lo que debe y no debe hacer un escritor? Yo escribo, tú escribes, él escribe, nosotros, vosotros, ellos escriben, ¡sí!, pero ¿cómo?

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Primero

Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo

No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero

En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: “En literatura no hay nada escrito”.

Cuarto

Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto

Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto

Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo

No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo

Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno

Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo

Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo

No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo

Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

(El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez).

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Borges, responde a la sugerencia: ¿el mejor escritor del mundo?

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Intervención Edu y Mónica

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Ay, los problemas de la técnica, que nos quedamos sin imágenes grabadas…

La imaginación al poder

 EDU – En aquel camino furtivo de historias inolvidables, María vivía entre nubes de nostalgias y paredes de hormigón. La imaginación al poder pensaba, pero nadie la escuchaba. Sola en las tinieblas de su decepcionante mundo la fuente de la imaginación se había secado, no manaba ninguna fuerza en sus adentros. El día era claro, pero ella estaba en una noche oscura, sin apenas la luz de una luna cubierta por las nubes, no había ni una estrella en su firmamento, el silencio era la angustia de sus oídos, tapados por aquella espesa niebla de la razón sin sentido. Para qué sirve vivir se decía para sus adentros, porque ninguna voz manaba de su boca. La fuerza de sus brazos se había desvanecido, sus andares cansinos no le conducían a ninguna parte.

MÓNICA – De qué me sirve haber sentido, si ahora ya no siento nada. La imaginación al poder. Pero que imaginación si mi cabeza ya está vacía de ideas, que poder si ya no tengo nada, absolutamente nada, no existes María, nadie es perfecto. Las imágenes del pasado se me agolpan en la mente deteriorada por mis ilusiones de juventud. Mi pasado universitario, mis primeras infusiones de droga, para que me ayudaran a no sentirme cansada, en aquellas inacabables horas de quirófano salvando vidas, pero el día que perdí la primera, la dosis tuve que aumentarla. Los remordimientos de no haber hecho todo lo necesario para salvar aquel pobre quinceañero que se había tropezado con un coche, me hicieron retroceder en el ego que me había forjado por las adulaciones de mis compañeros del hospital, las carantoñas de Julio, aquel eficiente, simpático y cariñoso enfermero del que me había enamorado, nada era lo mismo, yo ya no estoy, la coca me ha dominado. Yo lo tenía todo y ahora solo vagos recuerdos de una vida que ya no existe.

En el bosque recurrente de la amargura se me pasa el tiempo, en la memoria de la imaginación futura mi vida debería volver. El néctar de las ideas me envuelve, pero está vacío de contenido. Qué difícil es querer volver a empezar, cuando no hay nada en el horizonte, solo la metadona, pero es otra cadena a la que estoy sujeta de día y de noche. La ilusión es un parámetro que ya no existe, la ilusión en la mochila, la ambición en la sabána del encefalograma plano, las ideas en un desierto de arena roja.

EDU – Pero los desiertos tienen oasis, las mochilas pueden abrirse y manar de ellas la ilusión, con fuerza con mucha fuerza, para que el encefalograma plano recobre las olas de un mar embravecido. Has de salir del camino furtivo de este bosque recurrente, has de lograrlo yolver a empezar, porque no, lo han hecho muchos de los que se han perdido en el universo de ésta galaxia inexistente que se llama droga. Lo han hecho los que en su camino les ha asolado un tifón, un tsunami, una guerra, un holocausto, un cáncer, eres médico y lo has vivido. Si se ha vencido a una enfermedad que ha entrado en el cuerpo, ajena a nuestro deseo, porque no debes vencer a este engaño al que tu le abriste la puerta de tu vida. Puedes y debes. La imaginación al poder, ahora más que nunca, , lo malo que se ha escrito en la arena de tus sentidos las olas del deseo lo borraran, como el mar borra las huellas de los que andan por su orilla. Vas para adelante, lo noto, puedes y debes.

MÓNICA – La imaginación al poder.

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Octavio Paz. Las palabras

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Dales la vuelta,

cógelas del rabo (chillen, putas),

azótalas,

dales azúcar en la boca a las rejegas,

ínflalas, globos, pínchalas,

sórbeles sangre y tuétanos,

sécalas,

cápalas,

písalas, gallo galante,

tuérceles el gaznate, cocinero,

desplúmalas,

destrípalas, toro,

buey, arrástralas,

hazlas, poeta,

haz que se traguen todas sus palabras.

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Intervención Miguel Salich

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Que sí, que Miguel Salich recitó a Rilke, pero la cámara de vídeo no estaba ahí…

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Marilyn Monroe, poeta de calles estrelladas

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En el vídeo vemos el anuncio de boda entre el dramaturgo Arthur Miller y Marilyn Monroe. Pero, ¿qué hace una rubia tonta con un escritor? Los versos de Marilyn lo explican:

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Mi amor duerme junto a mí

en la débil luz -veo su viril mentón

aflojarse -y la boca

de su adolescencia regresa

con una blandura más blanda

su sensibilidad temblando

en la quietud

sus ojos tienen que haber excrutado el exterior

maravillosamente desde la gruta de su

adolescencia -cuando las cosas que no entendía-

las olvidaba

pero tendrá este mismo aspecto cuando esté muerto

oh hecho insoportable e inevitable

pero ¿preferiría que llegase la muerte

de su amor antes que la suya propia?”.

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Marilyn Monroe leía y escribía desde su adolescencia en todos lados. En los tiempos muertos de los rodajes, en los hoteles, sobre pensamientos y sensaciones, en hojas sueltas, facturas, resguardos, sobre la muerte, la vanalidad de la vida a veces, de su soledad…

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 Vida, soy de tus dos direcciones.

De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo

casi siempre…

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Una mujer que se sintió acorralada por un papel del que no la dejaron salir nunca: la rubia tonta. Ella se consolaba a sí misma diciendo:

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Sé que nunca seré feliz pero sé que ¡puedo ser muy alegre!

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El escritor Norman Mailer dijo del suicidio de la actriz:

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Para sobrevivir habría tenido que ser más cínica o por lo menos estar más cerca de la realidad. En lugar de eso era una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que le hacía jirones en la ropa.

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El libro Fragmentos, que en España edita Seix Barral, salió a la venta en todo el mundo el 6 de octubre.

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Ay maldita sea me gustaría estar

muerta -absolutamente no existente-

ausente de aquí de

todas partes pero cómo lo haría

Siempre hay puentes -el puente de Brooklyn.

Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura y el aire es tan limpio) al caminar parece

tranquilo a pesar de tantísimos

coches que van como locos por la parte de abajo. Así que

tendrá que ser algún otro puente

uno feo y sin vistas -salvo que

me gustan en especial todos los puentes -tienen

algo y además

nunca he visto un puente feo.

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Rainer Maria Rilke, ¿por qué escribir?

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Descubra el fundamento que lo lleva a escribir; investigue si tiene raíces en el lugar mas profundo de su corazón; reconozca si para usted sería necesaria la muerte en caso de ser privado de escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora más callada de la noche: ¿debo escribir? Busque en lo mas profundo de sí mismo la respuesta. Y si ésta es afirmativa, si enfrenta esta grave pregunta con un seguro y sencillo “debo”, siendo así, edifique su vida conforme a tal necesidad. 

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Intervención Carlos Herrera

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También interviene en los Locos de la Luna Carlos Herrera, el autor de la formidable web literaria “Cien libros, una frase”, pero, no estamos seguros de haberlo dicho antes, la cámara no registró las imágenes de los proeles literarios…

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Escribo

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Escribo, para perpetuarme en el verbo,

para no caer en el olvido,

para exorcizar a la muerte

y seguir navegando al borde del abismo.

Escribo, para que la voz de los muertos

Producto de la violencia y la injusticia universal

No quede impune en los legajos judiciales

Y su silencio sea el grito libertario de nuestro destino final

 

Escribo, para desafiar a los dioses

o para obedecer sus designios,

o para narrar, movido por la rebeldía,

la tragedia o la comedia en que andamos sumergidos.

 

Escribo, para navegar como Ulises

por procelosos mares,

para conjurar el destino

y que alcance el verbo su expresión suprema.

 

Escribo, para imitar a Cherezade,

la de las mil y una noches,

pendiente su vida de un relato,

asida su existencia al verbo.

 

Escribo, para recordar a Neruda

y los yacimientos de su poesía

o a Borges, con los ojos nublados,

recreándose en los laberintos del lenguaje.

 

Escribo, para retener en la memoria

las tablillas de Tell Brok, o las cuevas de Altamira

y sus representaciones, ¡imágenes de gloria!

que volverán al polvo cumplido su periplo.

 

Escribo, para recordar a Babilonia

y la torre de babel,

para tener siempre presente que nuestra fantasía

supero a la ira de Dios, que nos condeno a no entendernos.

 

Escribo, para que el irrepetible viaje de la vida

una vez llegue a su fin vuelva a empezar

trepando decidido y audaz

por cualquier abecedario.

 

Escribo, para que las tenebrosas sombras

se abran a la luz,

o para que la luz

se mantenga misteriosa entre penumbras.

 

Escribo, para solazarme en el texto

porque su luz no es la misma cuando lo releo,

porque su existencia es efímera y siempre permanente,

porque nunca regresamos ni a los mismos textos ni a las mismas páginas.

 

Escribo, para no olvidar que soy lector

desde tiempo inmemorial,

sin que el tiempo afecte el verbo

perpetuándose en la historia.

 

Escribo mi testamento, mi testamento a cielo abierto,

abecedario de mi fantasía.

¡La naturaleza es libro abierto,

renaciendo, en bosque nuevo, la biblioteca universal.

 

Escribo, del verbo la infinita noche,

luz y misterio insondable de la vida,

que inquiere, curioso, las historias de otras vidas,

arrancadas del caos, para referir su realidad a medias…

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Quiero escribir

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¡Quiero Escribir!

Quiero escribir

del verde la esperanza,

del crujir en el surco la simiente.

Quiero escribir el mágico secreto

de la cósmica ley que nos sustenta…

 

¡Quiero escribir!

No quiero escribir en letras de molde,

ni quiero manchar

los muros blancos con grafitis

ni dejar sobre las hojas blancas de papel

las mustias huellas de mi averno.

 

¡Quiero escribir!

quiero escribir

como escribe dios el universo.

Quiero escribir en el silencio

rotas las alas rápidas del tiempo.

 

¡Quiero escribir!

quiero escribir

la rosa de los vientos

donde viajan

voces, sonrisas y lamentos.

¡Quiero escribir!

Quiero escribir

las risas del niño que juega

su futuro incierto,

los llantos

por las madres muertas

y el mudo lamento del hombre,

que libre, gime como esclavo,

la dura coyunda

de la letra muerta.

 

¡Quiero escribir!

Quiero escribir

el beso furtivo del amante,

los cuerpos que en la noche

se estremecen eróticos e impúdicos.

 

¡Quiero escribir!

Quiero escribir

el agua cristalina

en que abreva su sed el universo

y el fuego que lo abraza y lo consume.

¡Quiero escribir!

quiero escribir

su historia, su misterio!

 

García Márquez, el escritor carpintero

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Intervención César Ribba

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Es posible que, al no ver el vídeo de César, usted opine que probablemente les estamos engañando y César no estuvo ahí ni recitó nada. En realidad, la cámara no registró sus imágenes, ni las de ningún otro.

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Camilo José Cela, escribir y la inspiración y la gramática

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Intervención Marcelo, “Font Livi

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Font Livi, el mismo que representa el número de varietés en el Santa Bar, donde por cierto, la calle Santa Bárbara, se van a celebrar veladas de poesía etílica todos los jueves (excepto los jueves que se celebre los Locos), intervino con un numerito de los suyos, es decir, con un final que arranca carcajadas. No disponíamos de la cámara de vídeo, así que no registramos las imágenes…

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Mario Vargas Llosa gana el Nobel de Literatura

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Y éstas fueron algunas de sus declaraciones posteriores:

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Elogio de la madrastra (fragmento). Mario Vargas Llosa

Nos han dejado sin secretos, mi amor. Esa soy yo, esclavo y amor, tu ofrenda. Abierta en canal como una tórtola por el cuchillo del amor. Rajada y latiendo, yo. Lenta masturbación, yo. Chorro de almíbar, yo. Dédalo y sensación, yo. Ovario mágico, semen, sangre y rocío del amanecer: yo. Esa es mi cara para ti, a la hora de los sentidos. Esa soy yo cuando, por ti, me saco la piel de diario y de días feriados. Esa será mi alma, tal vez. Tuya de ti.

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Agustí Villaronga, Concha de Planta a la actriz principal de su película Pa Negre

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La guerra es echar piedras a un charco lleno de mierda.

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Concha de Plata a la mejor actriz Festival de cine de San Sebastián por “Pa Negre”, basada en la novela de Emili Teixidor. La película se estrenará en Palma mañana viernes en la Sala Augusta con presencia del director y actores.

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Intervención Fernando García

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Fernando, como buen escritor que lucha por ser, esbozó unos guiños sobre lo que representa escribir. No quedó registrado en vídeo, porque la cámara, esa infeliz, no quiso grabar los guiños…

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José Saramago y el desasosiego

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.A mí me ha hecho preguntarme… ¿Quién escribió la Biblia? Ya sabemos que el Antiguo Testamento lo escribió alguien que conocía los mitos y leyendas mesopotámicos, griegos y egipcios, pero ¿quién recopiló esas historias?

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Eduardo Mendoza entrevistado por Buenafuente

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Cadáver exquisito del público

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Esta vez con nuevas reglas: sólo se pueden escribir dos o tres palabras por persona…

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Alegría, alegría, alegría, aún te recuerdo dulzura en mis pensamientos, mi trabajo, mis miedos solo son ficticios, loca alegría de no haber lavado desolados sin saber sin dolor no el amor no es sino escritura olvidada alma renaciendo miedo nunca haya la libertad de aquello que no grito a las soledades para ser sincero y el tío y las lecturas y disfruto y me olvido otra vez la y no solo mi infancia su recuerdo alegría es la felicidad ¡un fastidio!

  

Adriano Celentano y Mina, Parole, parole

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Los Locos de la Luna es un programa

presentado por Xisco Fuster

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Addenda

Gabriel Celaya

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Canción

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Agua helada y dura,

luna de enero,

tu madreperla

es el silencio.

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En la noche rasa

y el desamparo

-pizarra limpia-,

yo escribo claro.

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En el espejo ciego

me paro a ver

el dolor reflejado,

la verdad al revés.

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Tanto he sufrido y tanto

he ido olvidando,

que cuando escribo

no sé a quién le hablo.

Para saber si existo

canto y no sé

si lo que soy ya fui

o si seré.

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Robert Musil

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El sastre (fragmento)

Desde que estoy aquí vivo en un sueño del orden. Nadie crítica mi conducta desmedida. Al contrario, entre los presidiarios soy una persona encantadora, mi inteligencia es extraordinaria. Soy una autoridad literaria, escribo las cartas de los vigilantes. Todo el mundo me admira. Yo, que en el mundo de los justos era un mediocre, en el de los injustos soy un verdadero genio moral, un intelectual de altos vuelos. No hago nada por dinero, sino por alabanza y autoadmiración. Trabajo otra vez como sastre. Ah, la vida espléndida del trabajo, mi alma es una aguja finísima, vuela horas enteras, entra y sale por semanas, zumba como una abeja diligente. Y en mi cabeza hay tan poco como adentro de una tumba, y las abejas zumban.

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Azorín .

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El escritor (fragmento)

Absolutamente nada. Nada que se salga del carril cotidiano. La vida fluye incesable y uniforme; duermo, trabajo, discurro por Madrid, hojeo al azar un libro nuevo, escribo bien o mal -seguramente mal- con fervor o con desmayo. De rato en rato me tumbo en un diván y contemplo el cielo, añil y ceniza. ¿ Y por qué había de saltar de improviso el evento impensado? Trabajemos día tras día ¿Dónde está nuestro Leteo? En el afán diario. O acaso, a través de la obra hacemos ese dolor más delicado. ¡ Cincuenta años escribiendo… Desde los tres quinquenios con la pluma en la mano. Impetu, fervor, perseverancia, entusiasmo… Ha pasado mucho tiempo y los años cargan sobre mis hombros… Todo lo que asciende, desciende… Cuando podemos ya esperar, habiendo visto correr tanto tiempo lo ciframos en la obra cumplida.

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Enrique Vila-Matas

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Escribir es dejar de ser escritor

Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean.»

Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener

Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor

Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -é1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.»

Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: «Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.»

Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.»

Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida.

Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: «La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.»

Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo.

No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo: «No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba.» Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: «Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila…»

Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.»

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decía Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor. Cada uno se leería a sí mismo.»

Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.

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George Orwell

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Por qué escribo

Desde muy corta edad, quizá desde los cinco o seis años, supe que cuando fuese mayor sería escritor. Entre los diecisiete a los veinticuatro años traté de abandonar ese propósito, pero lo hacía dándome cuenta de que con ello traicionaba mi verdadera naturaleza y que tarde o temprano habría de ponerme a escribir libros.

Era yo el segundo de tres hermanos, pero me separaban de cada uno de los dos cinco años, y apenas vi a mi padre hasta que tuve ocho. Por ésta y otras razones me hallaba solitario, y pronto fui adquiriendo desagradables hábitos que me hicieron impopular en mis años escolares. Tenía la costumbre de chiquillo solitario de inventar historias y sostener conversaciones con personas imaginarias, y creo que desde el principio se mezclaron mis ambiciones literarias con la sensación de estar aislado y de ser menospreciado. Sabía que las palabras se me daban bien, así como que podía enfrentarme con hechos desagradables creándome una especie de mundo privado en el que podía obtener ventajas a cambio de mi fracaso en la vida cotidiana. Sin embargo, el volumen de escritos serios, es decir, realizados con intención seria, que produje en toda mi niñez y en mis años adolescentes, no llegó a una docena de páginas. Escribí mi primer poema a la edad de cuatro o cinco años (se lo dicté a mi madre). Tan sólo recuerdo de esa “creación” que trataba de un tigre y que el tigre tenía “dientes como de carne”, frase bastante buena, aunque imagino que el poema sería un plagio de “Tigre, tigre”, de Blake. A mis once años, cuando estalló la guerra de 1914-1918, escribí un poema patriótico que publicó el periódico local, lo mismo que otro, de dos años después, sobre la muerte de Kitchener. De vez en cuando, cuando ya era un poco mayor, escribí malos e inacabados “poemas de la naturaleza” en estilo georgiano. También, unas dos veces, intenté escribir una novela corta que fue un impresionante fracaso. Ésa fue toda la obra con aspiraciones que pasé al papel durante todos aquellos años.

Sin embargo, en ese tiempo me lancé de algún modo a las actividades literarias. Por lo pronto, con material de encargo que produje con facilidad, rapidez y sin que me gustara mucho. Aparte de los ejercicios escolares, escribí vers d’occasion, poemas semicómicos que me salían en lo que me parece ahora una asombrosa velocidad -a los catorce escribí toda una obra teatral rimada, una imitación de Aristófanes, en una semana aproximadamente- y ayudé en la redacción de revistas escolares, tanto en los manuscritos como en la impresión. Esas revistas eran de lo más lamentablemente burlesco que pueda imaginarse, y me molestaba menos en ellas de lo que ahora haría en el más barato periodismo. Pero junto a todo esto, durante quince años o más, llevé a cabo un ejercicio literario: ir imaginando una “historia” continua de mí mismo, una especie de diario que sólo existía en la mente. Creo que ésta es una costumbre en los niños y adolescentes. Siendo todavía muy pequeño, me figuraba que era, por ejemplo, Robin Hood, y me representaba a mí mismo como héroe de emocionantes aventuras, pero pronto dejó mi “narración” de ser groseramente narcisista y se hizo cada vez más la descripción de lo que yo estaba haciendo y de las cosas que veía. Durante algunos minutos fluían por mi cabeza cosas como estas: “Empujo la puerta y entró en la habitación. Un rayo amarillo de luz solar, filtrándose por las cortinas de muselina, caía sobre la mesa, donde una caja de fósforos, medio abierta, estaba junto al tintero. Con la mano derecha en el bolsillo, avanzó hacia la ventana. Abajo, en la calle, un gato con piel de concha perseguía una hoja seca”, etc., etc. Este hábito continuó hasta que tuve unos veinticinco años, cuando ya entré en mis años no literarios. Aunque tenía que buscar, y buscaba las palabras adecuadas, daba la impresión de estar haciendo contra mi voluntad ese esfuerzo descriptivo bajo una especie de coacción que me llegaba del exterior. Supongo que la “narración” reflejaría los estilos de los varios escritores que admiré en diferentes edades, pero recuerdo que siempre tuve la misma meticulosa calidad descriptiva.

Cuando tuve unos dieciséis años descubrí de repente la alegría de las palabras; por ejemplo, los sonidos v las asociaciones de palabras. Unos versos de Paraíso perdido, que ahora no me parecen tan maravillosos, me producían escalofríos. En cuanto a la necesidad de describir cosas, ya sabía a qué atenerme. Así, está claro qué clase de libros quería yo escribir, si puede decirse que entonces deseara yo escribir libros. Lo que más me apetecía era escribir enormes novelas naturalistas con final desgraciado, llenas de detalladas descripciones y símiles impresionantes,  y también llenas de trozos brillantes en los cuales serían utilizadas las Palabras, en parte, por su sonido. Y la verdad es que la primera novela que llegué a terminar, Días de Birmania, escrita a mis treinta años pero que había proyectado mucho antes, es más bien esa clase de libro.

Doy toda esta información de fondo porque no creo que se puedan captar los motivos de un escritor sin saber antes su desarrollo al principio. Sus  temas estarán determinados por la época en que vive -por lo menos esto es cierto en tiempos tumultuosos y revolucionarios como el nuestro-, pero antes de empezar a escribir habrá adquirido una actitud emotiva de la que nunca se librará por completo. Su tarea, sin duda, consistirá en disciplinar su temperamento y evitar atascarse en una edad inmadura, o en algún perverso estado de ánimo: pero si escapa de todas sus primeras influencias, habrá matado su impulso de escribir. Dejando aparte la necesidad de ganarse la vida, creo que hay cuatro grandes motivos para escribir, por lo menos para escribir prosa. Existen en diverso grado en cada escritor, y concretamente en cada uno de ellos varían las proporciones de vez en cuando, según el ambiente en que vive. Son estos motivos:

1. El egoísmo agudo. Deseo de parecer listo, de que hablen de uno, de ser recordado después de la muerte, resarcirse de los mayores que lo despreciaron a uno en la infancia, etc., etc. Es una falsedad pretender que no es éste un motivo de gran importancia. Los escritores comparten esta característica con los científicos, artistas, políticos, abogados, militares, negociantes de gran éxito, o sea con la capa superior de la humanidad. La gran masa de los seres humanos no es intensamente egoísta.

Después de los treinta años de edad abandonan la ambición individual -muchos casi pierden incluso la impresión de ser individuos y viven principalmente para otros, o sencillamente los ahoga el trabajo. Pero también está la minoría de los bien dotados, los voluntariosos decididos a vivir su propia vida hasta el final, y los escritores pertenecen a esta clase. Habría que decir los escritores serios, que suelen ser más vanos y egoístas que los periodistas, aunque menos interesados por el dinero.

2. Entusiasmo estético. Percepción de la belleza en el mundo externo o, por otra parte. en las palabras y su acertada combinación. Placer en el impacto de un sonido sobre otro, en la firmeza de la buena prosa o el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno cree valiosa y que no debería perderse. El motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias; o puede darle especial importancia a la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Ningún libro que esté por encima del nivel de una guía de ferrocarriles estará completamente libre de consideraciones estéticas.

3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad.

4. Propósito político, y empleo la palabra “político” en el sentido más amplio posible. Deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún libro está libre de matiz político. La opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es en sí misma una actitud política.

Puede verse ahora cómo estos varios impulsos luchan unos contra otros y cómo fluctúan de una persona a otra y de una a otra época. Por naturaleza -tomando “naturaleza” como el estado al que se llega cuando se empieza a ser adulto- soy una persona en la que los tres primeros motivos pesan más que el cuarto. En una época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o simplemente descriptivos y casi no habría tenido en cuenta mis lealtades políticas. Pero me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista. Primero estuve cinco años en una profesión que no me sentaba bien (la Policía Imperial India, en Birmania), y luego pasé pobreza y tuve la impresión de haber fracasado. Esto aumentó mi aversión natural contra la autoridad y me hizo darme cuenta por primera vez de la existencia de las clases trabajadoras, así como mi tarea en Birmania me había hecho entender algo de la naturaleza del imperialismo: pero estas experiencias no fueron suficientes para proporcionarme una orientación política exacta. Luego llegaron Hitler, la guerra civil española, etc.

Éstos y otros acontecimientos de 1936-1937 habían de hacerme ver claramente dónde estaba. Cada línea seria que he escrito desde 1936 lo ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una tontería, en un periodo como el nuestro, creer que puede uno evitar escribir sobre esos temas. Todos escriben sobre ellos de un modo u otro. Es sencillamente cuestión del bando que uno toma y de cómo se entra en él. Y cuanto más consciente es uno de su propia tendencia política, más probabilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar la propia integridad estética e intelectual.

Lo que más he querido hacer durante los diez años pasados es convertir los escritos políticos en un arte. Mi punto de partida siempre es de partidismo contra la injusticia. Cuando me siento a escribir un libro no me digo: “Voy a hacer un libro de arte”. Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención. Y mi preocupación inicial es lograr que me oigan. Pero no podría realizar la tarea de escribir un libro, ni siquiera un largo artículo de revista, si no fuera también una experiencia estética. El que repase mi obra verá que aunque es propaganda directa contiene mucho de lo que un político profesional consideraría inmaterial. No soy capaz, ni me apetece, de abandonar por completo la visión del mundo que adquirí en mi infancia. Mientras siga vivo y con buena salud seguiré concediéndole mucha importancia al estilo en prosa, amando la superficie de la Tierra. Y complaciéndome en objetos sólidos y trozos de información inútil. De nada me serviría intentar suprimir ese aspecto mío. Mi tarea consiste en reconciliar mis arraigados gustos y aversiones con las actividades públicas, no individuales, que esta época nos obliga a todos a realizar.

No es fácil. Suscita problemas de construcción y de lenguaje e implica de un modo nuevo el problema de la veracidad. He aquí un ejemplo de la clase de dificultad que surge. Mi libro sobre la guerra civil española, Homenaje a Cataluña, es, desde luego, un libro decididamente político, pero está escrito en su mayor parte con cierta atención a la forma y bastante objetividad. Procuré decir en él toda la verdad sin violentar mi instinto literario. Pero entre otras cosas contiene un largo capítulo lleno de citas de periódicos y cosas así, defendiendo a los trotskistas acusados de conspirar con Franco. Indudablemente, ese capítulo, que después de un año o dos perdería su interés para cualquier lector corriente, tenía que estropear el libro. Un crítico al que respeto me reprendió por esas páginas: “¿Por qué ha metido usted todo eso?”, me dijo. “Ha convertido lo que podía haber sido un buen libro en periodismo.” Lo que decía era verdad, pero tuve que hacerlo. Yo sabía que muy poca gente en Inglaterra había podido enterarse de que hombres inocentes estaban siendo falsamente acusados. Y si esto no me hubiera irritado, nunca habría escrito el libro.

De una u otra forma este problema vuelve a presentarse. El problema del lenguaje es más sutil y llevaría más tiempo discutirlo. Sólo diré que en los últimos años he tratado de escribir menos pintorescamente y con más exactitud. En todo caso, descubro que cuando ha perfeccionado uno su estilo, ya ha entrado en otra fase estilística. Rebelión en la granja fue el primer libro en el que traté, con plena conciencia de lo que estaba haciendo, de fundir el propósito político y el artístico. No he escrito una novela desde hace siete años, aunque espero escribir otra enseguida.

Seguramente será un fracaso -todo libro lo es-, pero sé con cierta claridad qué clase de libro quiero escribir.

Mirando la última página, o las dos últimas, veo que he hecho parecer que mis motivos al escribir han estado inspirados sólo por el espíritu público. No quiero dejar que esa impresión sea la última. Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos, y en el mismo fondo de sus motivos hay un misterio. Escribir un libro es una lucha horrible y agotadora, como una larga y penosa enfermedad. Nunca debería uno emprender esa tarea si no le impulsara algún demonio al que no se puede resistir y comprender. Por lo que uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un bebé lloriquear para llamar la atención. Y, sin embargo, es también cierto que nada legible puede escribir uno si no lucha constantemente por borrar la propia personalidad. La buena prosa es como un cristal de ventana. No puedo decir con certeza cuál de mis motivos es el más fuerte, pero sé cuáles de ellos merecen ser seguidos. Y volviendo la vista a lo que llevo escrito hasta ahora, veo que cuando me ha faltado un propósito político es invariablemente cuando he escrito libros sin vida y me he visto traicionado al escribir trozos llenos de fuegos artificiales, frases sin sentido, adjetivos decorativos y, en general, tonterías.

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Próximo tema, en diciembre: los puentes

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